Siempre he identificado el invierno como una estación de reflexión, apetece menos estar fuera y surge la necesidad de mirarse hacia adentro, pero no con el único fin de estar agusto con uno mismo, sino con una finalidad de buscar una utilidad u operatividad a la vida. Para mi el invierno es peligroso, porque tiendo a encogerme sobre mí mismo y a veces olvido que comparto la vida con gente y que soy un ser social. Y pienso, quizá demasiado, en los demás, en mi utilidad, mi valía, y así aparecen días en los que me entran unas ganas locas de desaparecer, de exiliarme de la especie humana e irme a convivir con los animales. También aparecen días de euforia, tal vez porque alguna reflexión me ha llevado a la conclusión de que soy útil, de que ayudo a los demás, de que la gente a mi alrededor es un poco feliz gracias en una pequeña parte a mi. Cuando el invierno viene muy frío, con más invitaciones al recogimiento, siempre pienso que ese año va a ser bueno ("Año de nieves, año de bienes"), con todo lo relativo que son las valoraciones bueno/malo para ti/mi/nosotros/ellos y disfruto con el contraste del frío ambiente frente a los tímidos rayos de sol que busco. Y al final, uno se abre, se renueva, aleja fantasmas, se conforma con su utilidad y sonríe cuando observa que se alargan los días, que tenemos más luz. Mi único lamento es que esa luz no es para todos igual.
lunes, 19 de enero de 2009
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